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jueves, 19 de febrero de 2026

TRÁS EL ENTIERRO DE LA SARDINA, LLEGA LA CUARESMA


 Amaneció como uno de esos días en los que el calendario parece haberse levantado con sentido del humor, dando paso a la Cuaresma, entre tacones imposibles, medias de rejilla y un desfile de viudas que ya no lloran por la difunta sardina.

Centenares de isleños, hombres con barba de tres días y moño improvisado, mujeres con abanicos dramáticos, niños que ensayan el llanto entre carcajadas avanzan en comitiva solemne entre bailes, gritos desgarrados, poses de tragedia griega con matices de murgas y chirigotas. Las viudas, de un negro que brilla más que cualquier arcoíris, teatralizan, se rasgan las medias y se abrazan desconsoladas.

La sardina, pobre mártir de escamas simbólicas, es despedida con honores de estado carnavalero. Se le llora, se le canta y, en el fondo, se la agradece: que gracias a ella, el Carnaval tiene un final digno, ruidoso y absolutamente contradictorio. Porque este entierro no huele a incienso ni a muerto real, sino a pólvora entre una carcajada colectiva.

La Parroquia de los Dolores, blanca y altiva, observa a la muchedumbre y su torre mira con paciencia infinita este espectáculo de luto colorido, consciente de que, tras la última copla y el último petardo, llegará el tiempo del recogimiento. La Cuaresma entra así en escena con un redoble de tambores y un taconeo irreverente.

Isla Cristina, es la ciudad de los contrastes, donde la ironía se asoma a la nostalgia. Porque antes las viudas lloraban con arte; ahora, a veces, el cortejo amenaza con parecer más una cabalgata de “Jaloguin” con tanto zombi y bichos raros, que el rito burlón que marcaba la frontera entre el exceso de lo añejo y la templanza. Se llora menos, se posa más. El ingenio sigue ahí, sí, pero la autenticidad, esa lágrima fingida pero sentida, corre el riesgo de diluirse entre filtros de disfraces prefabricados, plastificados y envueltos en altavoces “bacalaeros” empujados por un acantilado hacia el abismo de la ausencia de identidad, de lo cateto y lo chabacano, ¿dónde quedaron aquellos compases de caja y bombo?

Aun así, el Entierro de la Sardina sigue siendo el gran acto de fe pagana de Isla Cristina: fe en la risa, en la sátira y en esa sabia contradicción que nos enseña que para empezar algo nuevo, hay que terminar otra cosa con dignidad… o, al menos, con un buen tacón y una peluca bien sujeta.

Porque aquí la Cuaresma no llega en silencio, llega ruidosa y escoltada por viudas que lloran a gritos, que bailan sobre la pena y que, mientras entierran a la sardina, entierran también el exceso de Don Carnal para dar paso aunque sea por un rato, al recogimiento. Y si no lloran con la pureza de antes, al menos que sigan haciéndonos reír.
Es tiempo de cuaresma, de recogimiento y meditación y en cuarenta días, estará el Señor de la Mulita bendiciendo nuestras calles………