Amaneció como uno de esos días en los que el calendario parece haberse levantado con sentido del humor, dando paso a la Cuaresma, entre tacones imposibles, medias de rejilla y un desfile de viudas que ya no lloran por la difunta sardina.
Centenares de isleños, hombres con barba de tres días y moño improvisado, mujeres con abanicos dramáticos, niños que ensayan el llanto entre carcajadas avanzan en comitiva solemne entre bailes, gritos desgarrados, poses de tragedia griega con matices de murgas y chirigotas. Las viudas, de un negro que brilla más que cualquier arcoíris, teatralizan, se rasgan las medias y se abrazan desconsoladas.
La sardina, pobre mártir de escamas simbólicas, es despedida con honores de estado carnavalero. Se le llora, se le canta y, en el fondo, se la agradece: que gracias a ella, el Carnaval tiene un final digno, ruidoso y absolutamente contradictorio. Porque este entierro no huele a incienso ni a muerto real, sino a pólvora entre una carcajada colectiva.
La Parroquia de los Dolores, blanca y altiva, observa a la muchedumbre y su torre mira con paciencia infinita este espectáculo de luto colorido, consciente de que, tras la última copla y el último petardo, llegará el tiempo del recogimiento. La Cuaresma entra así en escena con un redoble de tambores y un taconeo irreverente.
Isla Cristina, es la ciudad de los contrastes, donde la ironía se asoma a la nostalgia. Porque antes las viudas lloraban con arte; ahora, a veces, el cortejo amenaza con parecer más una cabalgata de “Jaloguin” con tanto zombi y bichos raros, que el rito burlón que marcaba la frontera entre el exceso de lo añejo y la templanza. Se llora menos, se posa más. El ingenio sigue ahí, sí, pero la autenticidad, esa lágrima fingida pero sentida, corre el riesgo de diluirse entre filtros de disfraces prefabricados, plastificados y envueltos en altavoces “bacalaeros” empujados por un acantilado hacia el abismo de la ausencia de identidad, de lo cateto y lo chabacano, ¿dónde quedaron aquellos compases de caja y bombo?
Aun así, el Entierro de la Sardina sigue siendo el gran acto de fe pagana de Isla Cristina: fe en la risa, en la sátira y en esa sabia contradicción que nos enseña que para empezar algo nuevo, hay que terminar otra cosa con dignidad… o, al menos, con un buen tacón y una peluca bien sujeta.
Porque aquí la Cuaresma no llega en silencio, llega ruidosa y escoltada por viudas que lloran a gritos, que bailan sobre la pena y que, mientras entierran a la sardina, entierran también el exceso de Don Carnal para dar paso aunque sea por un rato, al recogimiento. Y si no lloran con la pureza de antes, al menos que sigan haciéndonos reír.
Es tiempo de cuaresma, de recogimiento y meditación y en cuarenta días, estará el Señor de la Mulita bendiciendo nuestras calles………
