Buenas noches,
señoras y señores, autoridades, queridos amigos todos…
Permítanme que, en
este instante suspendido entre la solemnidad y la emoción de este acto, eleve
mi voz —humilde y agradecida— para, en primer lugar, felicitar a nuestro
galardonado en la magnificencia de esta gala de reconocimientos al sentir
isleño y que hoy nos convoca bajo un mismo latido. Y al mismo tiempo, dejar
constancia de mi más profunda gratitud a la Junta Directiva de la Asociación
“Amigos del Periódico La Higuerita”, y de manera muy especial a su director,
Esteban Magaz, por el ofrecimiento de su invitación y concederme el privilegio
—casi un vértigo del alma— de dedicar estas palabras a quien hoy se alza, como
Premio de Honor 2026: Don Wenceslao Ríos Mora… nuestro eterno y luminoso
maestro, Uve Ríos.
Porque hay nombres
que no solo se pronuncian en el aire… se cincelan en la memoria, anidan en el
corazón, y florecen, eternos, en la emoción compartida de las vivencias.
Ya de niños
—cuando el mundo aún cabía entero en una mirada limpia— soñábamos con pisar,
siquiera fugazmente, las tablas sagradas del desaparecido “Teatro Gran Vía”.
Aquellas funciones carnavalescas, interminables y mágicas como los sueños que
no conocen final, nos encontraban acurrucados en el regazo tibio y las faldas de
nuestras madres, abrazados a su ternura, mientras nuestros ojos, desbordados de
asombro, contemplaban a aquellas agrupaciones… dioses de un Olimpo cercano y a
la vez inalcanzable, que derramaban sobre el aire una lluvia de música, de
versos y de vida palpitante.
Y quiso el tiempo
—ese orfebre silencioso que modela los destinos— que, con apenas catorce años, este
que os habla, bebiera de ese manantial inagotable de sabiduría que es Uve, junto
a la exquisita elegancia artística de otro grande, Horacio Noguera, y al abrigo
de un cortejo de nombres irrepetibles que tejieron con oro fino una época
gloriosa de nuestra fiesta.
Allí comprendí que
el carnaval no es solo cantar… es compartir, una herencia, un rito, un latido
antiguo que nos habita en lo más profundo.
Cantar con los
grandes, alzar aquel primer premio con la comparsa “Noche y Día”, fue mucho más
que un triunfo: fue como un regalo de Reyes en la Epifanía y que nos llevó, como quien navega
sobre un sueño salino, hasta los estudios de RTVE, con un barquito cargado de la
sal de Isla Cristina en el mítico “Un, dos, tres”, y que nos permitió llevar
nuestro carnaval más allá de las fronteras visibles, revestido siempre de esa
dignidad estética, de esa elegancia innata que lo define y lo distingue.
Hay quienes
atraviesan la vida como una sombra leve… y hay quienes siembran constelaciones.
Uve Ríos
pertenece, sin duda, a la estirpe luminosa de estos últimos.
Hoy no rendimos
tributo únicamente a un artista, ni siquiera a un músico o a un autor. Hoy
abrazamos una memoria viva, un legado compartido, una emoción coral que se ha
ido depositando, como un delicado sedimento, en el alma colectiva de todos
nosotros.
Porque hablar de
Uve es invocar nuestro carnaval… pero también es invocarnos a nosotros mismos.
Es regresar a esas
noches en las que las coplas latían en la penumbra de un cuarto de ensayo, como
corazones desbordados. Es sentir ese pellizco inexplicable, esa herida dulce
que no sangra pero permanece. Es reconocer esa belleza súbita que irrumpe sin
aviso y que se queda a vivir entre nosotros.
Desde aquellos
“Turistas del Tirol” del recordado Juan Columé hasta “Los Camborios”, su
trayectoria ha sido un tapiz bordado con hilos de talento… sí, pero sobre todo
con la materia invisible del alma. Y el alma —esa llama secreta— no se aprende:
se mama, se intuye, se cultiva, se eleva… y se nace con ella.
Uve Ríos nos ha
legado comparsas míticas que ya no nos pertenecen: pertenecen al tiempo, a la
historia, a esa eternidad pequeña donde habitan los recuerdos verdaderos.
Embajador y pionero en el Gran Teatro Falla en la década de los 70 —cuando el
carnaval se disfrazaba de “Fiestas Típicas Gaditanas”— y que supo deslumbrar al
exigente público gaditano con la majestad de sus tipos —no olvidemos que
también es sastre de sueños— y con unas puestas en escena y popurrís que, como
ráfagas de aire nuevo, transformaron la mirada de la “Tacita de Plata”,
llegando incluso a cautivar al mismísimo Paco Alba.
Los Neoyorquinos,
Los Mariachis, Los Románticos, Rumores de Caracolas, Nueva Orleans, Mendigos,
Mercaderes de Venecia, Noche y Día, Kabuki, Romancero, Arco Iris, Mimo… nombres que no son nombres: son
relicarios de emoción, ecos de un tiempo
que aún suspira, son verdad hecha música.
Pero Uve nunca fue
hombre de quietudes. Su espíritu, inquieto y generoso, lo llevó a derramar su
arte en múltiples agrupaciones, extendiendo su música por las localidades
vecinas de Ayamonte, Punta Umbría y otros rincones, como quien siembra belleza
sin esperar cosecha.
Mucho antes, junto
a Horacio Noguera, había dado vida al inolvidable Dúo Rinox, cuyo empaste
musical y armonía, nos dejó una huella imborrable en quienes
aprendieron, a través de sus voces, que la música también puede ser un refugio.
Autor de composiciones
que han sido interpretadas por corales polifónicas, coros rocieros, villancicos
y habaneras… su obra ha encontrado siempre nuevos cauces por los que seguir
fluyendo.
Porque Uve nunca
ha dejado de soñar. Nunca ha dejado de cantar.
Nunca ha dejado de crear abrazado a su guitarra que guarda un duende en su
interior…que no conoce el silencio.
Así lo demostró
componiendo para el tenor Guillermo Orozco, junto a la guitarra flamenca de
Nacho Vinagre, regalándonos obras nacidas desde lo más profundo, de esas que no
solo se escuchan, se abrazan, se
encarnan.
Y así lo volvió a
demostrar cuando un joven isleño, “El Lolito”, llamó a su puerta con un sueño tembloroso
por cumplir. Allí estuvo Uve, como tantas veces: sosteniendo, guiando,
alumbrando el camino de quien hoy es nuestro artista más internacional, Hijo
Predilecto de Isla Cristina y Andalucía: Manuel Carrasco.
Porque hay quienes
alcanzan la cima…y quienes enseñan a otros a escalarla.
También fue actor
—cómo no—, siempre lo fue. Cada escenario fue su reino, cada interpretación un
acto de fe. Como aquel Merlín en “Una vez érase”, del cineasta y director de
nuestro decano periódico Esteban Magaz, que cruzó fronteras llevando su magia
intacta, sin renunciar jamás a su esencia.
Y en estos últimos
años, cuando la vida se vuelve contemplación, Uve ha aprendido a dialogar con
el tiempo. A detener la luz en el umbral de su despedida. Sus fotografías no
son imágenes: son instantes salvados del olvido, fragmentos de eternidad. Por
eso lo bautizaron como “Ladrón de atardeceres”… porque roba belleza en un instante
para devolvérnosla multiplicada en emociones.
Hoy, al entregarle
el Premio “La Higuerita de Honor 2026”, no celebramos únicamente una
trayectoria… pronunciamos, con el alma abierta, una sola palabra: ¡gracias!
Gracias por cada
nota derramada, por cada recuerdo sembrado,
por cada emoción que, sin saberlo, nos has regalado.
Y junto a ti,
inseparable, firme como un faro en la oscuridad, siempre tu esposa Paqui Olías:
tu compañera y amiga, con la mirada crítica, exigente y sincera que todo creador necesita para no
perder nunca el rumbo.
Porque hay vidas
que se cuentan y hay vidas que se cantan.
La tuya, Uve, es
de las que se quedan suspendidas en el aire, como una copla que nunca termina,
como un atardecer que se resiste a apagarse, como la belleza cuando es
verdadera… que no se va, que no se olvida, que simplemente… permanece.
Permíteme, como
humilde ofrenda final, recitar aquellos versos que un día nacieron para ti con
forma de pasodoble y que no pudieron ser gritados desde las tablas este
escenario, y que hoy encuentran su destino:
Hoy la
brisa me ha traído
al remanso de las olas,
los acordes de una infancia
con rumor de caracolas.
El
rasgueo de una guitarra,
melodía sin igual,
ecos de aquel Gran Vía,
de una figura grande del carnaval,
mi
carnaval, de tus amores, de tus amores….
“Ladrón
de atardeceres”, música y poesía,
que abrazas la luz de La Higuerita
y captas en un lienzo la dulce belleza y el aguamarina,
crisol de nuestro mar de Isla Cristina.
Bohemio
y comparsista, ilustre sastre de la fiesta,
de ritmos, engalanados y elegancia en el disfraz.
Siempre
de la mano de Horacio,
siempre “Camborio” enamorado,
soñando con notas musicales
y por Isla suspirando.
De ti bebimos todos
y cantamos a coros
tus grandes repertorios,
porque eres historia viva… llena de gozo.
Recibe este homenaje, don Wenceslao Ríos Mora,
quieran o no darte una calle,
porque tú eres un maestro de la fiesta
y eres historia viva de nuestros carnavales.
Con todos ustedes, Don Wenceslao Rios Mora, Premio La Higuerita de Honor 2026.


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