domingo, 19 de abril de 2026

Semblanza a Wenceslao Rios Mora, Uve Ríos, "Premio La Higuerita de Honor 2026" por Francisco González Salgado



Buenas noches, señoras y señores, autoridades, queridos amigos todos…

Permítanme que, en este instante suspendido entre la solemnidad y la emoción de este acto, eleve mi voz —humilde y agradecida— para, en primer lugar, felicitar a nuestro galardonado en la magnificencia de esta gala de reconocimientos al sentir isleño y que hoy nos convoca bajo un mismo latido. Y al mismo tiempo, dejar constancia de mi más profunda gratitud a la Junta Directiva de la Asociación “Amigos del Periódico La Higuerita”, y de manera muy especial a su director, Esteban Magaz, por el ofrecimiento de su invitación y concederme el privilegio —casi un vértigo del alma— de dedicar estas palabras a quien hoy se alza, como Premio de Honor 2026: Don Wenceslao Ríos Mora… nuestro eterno y luminoso maestro, Uve Ríos.

Porque hay nombres que no solo se pronuncian en el aire… se cincelan en la memoria, anidan en el corazón, y florecen, eternos, en la emoción compartida de las vivencias.

Ya de niños —cuando el mundo aún cabía entero en una mirada limpia— soñábamos con pisar, siquiera fugazmente, las tablas sagradas del desaparecido “Teatro Gran Vía”. Aquellas funciones carnavalescas, interminables y mágicas como los sueños que no conocen final, nos encontraban acurrucados en el regazo tibio y las faldas de nuestras madres, abrazados a su ternura, mientras nuestros ojos, desbordados de asombro, contemplaban a aquellas agrupaciones… dioses de un Olimpo cercano y a la vez inalcanzable, que derramaban sobre el aire una lluvia de música, de versos y de vida palpitante.

Y quiso el tiempo —ese orfebre silencioso que modela los destinos— que, con apenas catorce años, este que os habla, bebiera de ese manantial inagotable de sabiduría que es Uve, junto a la exquisita elegancia artística de otro grande, Horacio Noguera, y al abrigo de un cortejo de nombres irrepetibles que tejieron con oro fino una época gloriosa de nuestra fiesta.

Allí comprendí que el carnaval no es solo cantar… es compartir, una herencia, un rito, un latido antiguo que nos habita en lo más profundo.

Cantar con los grandes, alzar aquel primer premio con la comparsa “Noche y Día”, fue mucho más que un triunfo: fue como un regalo de Reyes en la  Epifanía y que nos llevó, como quien navega sobre un sueño salino, hasta los estudios de RTVE, con un barquito cargado de la sal de Isla Cristina en el mítico “Un, dos, tres”, y que nos permitió llevar nuestro carnaval más allá de las fronteras visibles, revestido siempre de esa dignidad estética, de esa elegancia innata que lo define y lo distingue.

Hay quienes atraviesan la vida como una sombra leve… y hay quienes siembran constelaciones.

Uve Ríos pertenece, sin duda, a la estirpe luminosa de estos últimos.

Hoy no rendimos tributo únicamente a un artista, ni siquiera a un músico o a un autor. Hoy abrazamos una memoria viva, un legado compartido, una emoción coral que se ha ido depositando, como un delicado sedimento, en el alma colectiva de todos nosotros.

Porque hablar de Uve es invocar nuestro carnaval… pero también es invocarnos a nosotros mismos.

Es regresar a esas noches en las que las coplas latían en la penumbra de un cuarto de ensayo, como corazones desbordados. Es sentir ese pellizco inexplicable, esa herida dulce que no sangra pero permanece. Es reconocer esa belleza súbita que irrumpe sin aviso y que se queda a vivir entre nosotros.

Desde aquellos “Turistas del Tirol” del recordado Juan Columé hasta “Los Camborios”, su trayectoria ha sido un tapiz bordado con hilos de talento… sí, pero sobre todo con la materia invisible del alma. Y el alma —esa llama secreta— no se aprende: se mama, se intuye, se cultiva, se eleva… y se nace con ella.

Uve Ríos nos ha legado comparsas míticas que ya no nos pertenecen: pertenecen al tiempo, a la historia, a esa eternidad pequeña donde habitan los recuerdos verdaderos. Embajador y pionero en el Gran Teatro Falla en la década de los 70 —cuando el carnaval se disfrazaba de “Fiestas Típicas Gaditanas”— y que supo deslumbrar al exigente público gaditano con la majestad de sus tipos —no olvidemos que también es sastre de sueños— y con unas puestas en escena y popurrís que, como ráfagas de aire nuevo, transformaron la mirada de la “Tacita de Plata”, llegando incluso a cautivar al mismísimo Paco Alba.

Los Neoyorquinos, Los Mariachis, Los Románticos, Rumores de Caracolas, Nueva Orleans, Mendigos, Mercaderes de Venecia, Noche y Día, Kabuki, Romancero,  Arco Iris, Mimo… nombres que no son nombres: son relicarios de emoción,  ecos de un tiempo que aún suspira, son verdad hecha música.

Pero Uve nunca fue hombre de quietudes. Su espíritu, inquieto y generoso, lo llevó a derramar su arte en múltiples agrupaciones, extendiendo su música por las localidades vecinas de Ayamonte, Punta Umbría y otros rincones, como quien siembra belleza sin esperar cosecha.

Mucho antes, junto a Horacio Noguera, había dado vida al inolvidable Dúo Rinox, cuyo empaste musical y  armonía, nos  dejó una huella imborrable en quienes aprendieron, a través de sus voces, que la música también puede ser un refugio.

Autor de composiciones que han sido interpretadas por corales polifónicas, coros rocieros, villancicos y habaneras… su obra ha encontrado siempre nuevos cauces por los que seguir fluyendo.

Porque Uve nunca ha dejado de soñar. Nunca ha dejado de cantar.
Nunca ha dejado de crear abrazado a su guitarra que guarda un duende en su interior…que no conoce el silencio.

Así lo demostró componiendo para el tenor Guillermo Orozco, junto a la guitarra flamenca de Nacho Vinagre, regalándonos obras nacidas desde lo más profundo, de esas que no solo se escuchan,  se abrazan, se encarnan.

Y así lo volvió a demostrar cuando un joven isleño, “El Lolito”, llamó a su puerta con un sueño tembloroso por cumplir. Allí estuvo Uve, como tantas veces: sosteniendo, guiando, alumbrando el camino de quien hoy es nuestro artista más internacional, Hijo Predilecto de Isla Cristina y Andalucía: Manuel Carrasco.

Porque hay quienes alcanzan la cima…y quienes enseñan a otros a escalarla.

También fue actor —cómo no—, siempre lo fue. Cada escenario fue su reino, cada interpretación un acto de fe. Como aquel Merlín en “Una vez érase”, del cineasta y director de nuestro decano periódico Esteban Magaz, que cruzó fronteras llevando su magia intacta, sin renunciar jamás a su esencia.

Y en estos últimos años, cuando la vida se vuelve contemplación, Uve ha aprendido a dialogar con el tiempo. A detener la luz en el umbral de su despedida. Sus fotografías no son imágenes: son instantes salvados del olvido, fragmentos de eternidad. Por eso lo bautizaron como “Ladrón de atardeceres”… porque roba belleza en un instante para devolvérnosla multiplicada en emociones.

Hoy, al entregarle el Premio “La Higuerita de Honor 2026”, no celebramos únicamente una trayectoria… pronunciamos, con el alma abierta, una sola palabra: ¡gracias!

Gracias por cada nota derramada, por cada recuerdo sembrado,
por cada emoción que, sin saberlo, nos has regalado.

Y junto a ti, inseparable, firme como un faro en la oscuridad, siempre tu esposa Paqui Olías: tu compañera y amiga, con la mirada crítica, exigente  y sincera que todo creador necesita para no perder nunca el rumbo.

Porque hay vidas que se cuentan y hay vidas que se cantan.

La tuya, Uve, es de las que se quedan suspendidas en el aire, como una copla que nunca termina, como un atardecer que se resiste a apagarse, como la belleza cuando es verdadera… que no se va, que no se olvida, que simplemente… permanece.

Permíteme, como humilde ofrenda final, recitar aquellos versos que un día nacieron para ti con forma de pasodoble y que no pudieron ser gritados desde las tablas este escenario, y que hoy encuentran su destino:

                                                                                

Hoy la brisa me ha traído
al remanso de las olas,
los acordes de una infancia
con rumor de caracolas.

El rasgueo de una guitarra,
melodía sin igual,
ecos de aquel Gran Vía,
de una figura grande del carnaval,  

mi carnaval, de tus amores, de tus amores….

“Ladrón de atardeceres”, música y poesía,
que abrazas la luz de La Higuerita
y captas en un lienzo la dulce belleza y el aguamarina,
crisol de nuestro mar de Isla Cristina.

Bohemio y comparsista, ilustre sastre de la fiesta,
de ritmos, engalanados y elegancia en el disfraz.

Siempre de la mano de Horacio,
siempre “Camborio” enamorado,
soñando con notas musicales
y por Isla suspirando.
 

De ti bebimos todos
y cantamos a coros
tus grandes repertorios,

porque eres historia viva…  llena de gozo.

 

Recibe este homenaje, don Wenceslao Ríos Mora,
quieran o no darte una calle,

porque tú eres un maestro de la fiesta  
y  eres historia viva de nuestros carnavales.




Con todos ustedes, Don Wenceslao Rios Mora, Premio La Higuerita de Honor 2026. 


 


No hay comentarios:

Publicar un comentario