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domingo, 23 de agosto de 2026

EL TRASLADO DE LA VIRGEN DEL ROCÍO



Hay momentos que se guardan para siempre en la memoria. Momentos que, más allá de lo que sucede ante nuestros ojos, consiguen hacernos pensar en por qué, quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde caminamos.
El traslado de la Virgen del Rocío desde su ermita hasta Almonte, ese acontecimiento que cada siete años inunda los caminos y reúne a miles y miles de personas en torno a una devoción, es uno de esos momentos.
Reconozco que, a pesar de sentirme todavía joven, por momentos me sentí mayor. No porque el tiempo haya pasado de repente, que ha pasado, sino porque al mirar alrededor descubrí una generación que ha tomando el relevo. Una juventud extraordinaria, con una edad que rondaba los veinte y treinta años, entregada por completo a la Virgen. Jóvenes que caminaban, cantaban, rezaban, ayudaban, disfrutaban y sufrían el camino. Así como los almonteños que portaban a la Virgen del Rocío bajo sus andas, jóvenes que entendían que el sacrificio también puede ser una forma de felicidad.
Y entonces, pensé en todas esas veces que nos hablan de la juventud. Nos dicen que los jóvenes han perdido los valores. Que viven alejados de la fe. Que solo les interesa la fiesta, el ruido, las modas, el alcohol, las redes sociales o todo aquello que parece convertirlos en una generación sin raíces. Pero allí estaba la respuesta.
Miles y miles de jóvenes caminando detrás de una Virgen, sin necesidad de una fiesta organizada, sin una gota de alcohol, sin ruidos externos, sin artificios, todos al unísono, sin más espectáculo que el de la devoción y la fe.
Cantando cuando había que cantar. Guardando silencio cuando el momento lo requería. Ayudando al que no podía más. Compartiendo agua, cansancio, lágrimas y sonrisas. Y, sobre todo, con la mirada puesta en la Virgen, acompañándola hasta Almonte.
Mientras algunos se empeñan en decirnos que la sociedad camina irremediablemente hacia el abandono de nuestras tradiciones, allí había una juventud demostrando precisamente lo contrario.
Una juventud que canta, vive, respeta y disfruta del sacrificio. Una juventud que no renuncia a sus raíces. Una juventud que ha decidido que la modernidad no tiene por qué estar reñida con la tradición ni la fe. Y eso también es importante decirlo.
Vivimos en un tiempo en el que parece que todo lo que procede de nuestras costumbres, de nuestras creencias y de nuestra manera de sentir tiene que justificarse. Como si tener fe fuese cosa de otros tiempos. Como si mantener una tradición fuese permanecer anclado en el pasado. Como si todo aquello que no encaja en determinados discursos de modernidad tuviera que considerarse antiguo, superfluo o arcaico…..
Hay cosas que no necesitan modernizarse porque siguen teniendo sentido: La fe y las tradiciones. Y el sentimiento de un pueblo que se reconoce bajo las andas de su Virgen es algo que difícilmente puede explicarse desde fuera.
Porque aquello que hemos vivido en este traslado no ha sido simplemente un acontecimiento religioso. Ha sido también una demostración de identidad, de pertenencia y de sentimiento. Almonte volvió a convertirse en destino y la Virgen volvió a ser el centro de todas las miradas, y bajo sus andas, entre empujones, lágrimas, sudor, cansancio y emoción, caminaba una generación que quizá algunos no esperaban encontrar allí, porque no han caído en las tramas de un progresismo mal interpretado.
Al mirar a mi alrededor, lejos de sentirme un poco mayor, me he sentido afortunado. Afortunado por haberlo vivido, por haber compartido camino con ellos, por comprobar que hay relevo, futuro. Porque podrán soplar muchos vientos de modernidad, podrán cambiar las formas, las modas y las maneras de entender el mundo, pero mientras exista una juventud capaz de recorrer kilómetros por devoción, de aceptar el cansancio por amor y de mirar a la Virgen con los ojos llenos de emoción, habrá algo que permanecerá intacto, y esa inmensa marea de corazones bajo las andas de la Virgen del Rocío lo ha demostrado.
Quizá por eso, cuando la Virgen entró en Almonte, yo ya no miraba solamente hacia Ella, miraba también hacia todos aquellos jóvenes esparcidos por el suelo, cansados, dormidos y agotados, y se me vino a la mente aquella sevillana de los Marismeños: "Porque el Rocío no se acaba, que no se puede acabar, mientras haya una persona de grite de corazón ¡Viva esa Blanca Paloma!"